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El Murmullo de las Abejas

Hoy vamos a retomar la lectura de fragmentos de un libro. En un podcast de semanas anteriores, dimos inicio a la lectura de libros exitosos de América Latina, y comenzamos con un libro escrito por una venezolana, Karina Sainz Borgo, con La hija de la española.

En el episodio de hoy voy a leer dos fragmentos de El murmullo de las abejas, escrito por la mexicana Sofía Segovia. Fue publicada en marzo de 2015 y fue nombrada como "La mejor novela del 2015" por ITunes.


El Murmullo de las Abejas


#012 - El Murmullo de las Abejas 


El Murmullo de las Abejas - Transcripción 

Hola, bienvenidos a Español Con Todo, un podcast en español con transcripción de historias interesantes, sugerencias de libros, vocabulario y más. Estudiar español a nivel intermedio avanzado ahora es más fácil con nuestro podcast.

Aquí también podrás despejar dudas, para eso basta con escribirlas en los comentarios al final de la transcripción.

El murmullo de las abejas fue una obra escrita en 2015 por Sofía Segovia, escritora mexicana, quien retrata la historia de una familia de terratenientes mexicanos en el contexto histórico de México del siglo XX. La historia habla de la familia Morales y la llegada de un niño que es llamado de Simonopio, a través del cual se desarrollarán muchas de las situaciones de la historia y la familia.

Una novela para sentir, para cautivarse, dejarse emocionar y poder vivenciar con pequeños toques de realismo mágico desde la pluma mexicana. Sin duda una historia que te hará identificarte por momentos con personajes y situaciones bien particulares.

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Primer fragmento - página 14 


Ahora el marido lo había mandado llamar en la madrugada, alarmado por la fiebre de su esposa. Hubo que convencerla para que dijera dónde sentía el malestar: los pechos. La infección se manifestó con un fuerte dolor al amamantar. 
Mastitis.

¿Por qué no me lo dijo antes, señora?

- Porque me dio vergüenza, doctor

- Ahora la afección estaba muy avanzada. El bebé no dejaba de llorar porque llevaba más de doce horas sin alimento, pues su madre no soportaba darle pecho. Él nunca había visto ni sabido que mujer alguna muriera de mastitis y estaba claro que la señora Morales se moría. La piel cenicienta y ese brillo enfermizo en los ojos le indicaban al doctor que la nueva madre pronto entregaría el alma.

Consternado, sacó al señor Morales al pasillo.

- Necesita dejarme examinar a su señora

- No, doctor. Dele una medicina nada más.

- ¿Cuál medicina? La señora está muriendo, señor Morales y tiene que dejarme averiguar de qué.

- Será de la leche.

- Será de otra cosa.

Era necesario convencerlo: prometerle tocar, pero no ver; o ver, pero no tocar. Al final el marido accedió y convenció a la moribunda de dejarse palpar los pechos, y peor: dejarse ver o tocar el vientre bajo y la entrepierna. No hubo necesidad de tocar nada: el intenso dolor en la pelvis y los loquios purulentos que brotaban del cuerpo enfermo auguraban el deceso.

Algún día se descubrirían las causas de la muerte de parto y la manera de prevenirla, aunque para la señora Morales ese día llegaría demasiado tarde.

No había nada que hacer: sólo mantener a la enferma lo más cómoda posible hasta cuando Dios dijera basta.

Para salvar al bebé, el médico mandó al mozo de los Morales a buscar una cabra lechera. Mientras tanto, el doctor Doria intento alimentarlo con una mamila improvisada llena de un suero hecho de agua y azúcar. El recién nacido no toleró la leche de cabra por lo que de seguro moriría, en una agonía lenta y terrible.

Doria seguía preocupado durante el camino a su casa. Se había despedido del esposo y padre tras decirle que él no podía hacer más.

- Sea fuerte, señor. Dios sabe por qué hace las cosas

- Gracias, doctor.

Entonces vio a la mujer de hielo negro mientras caminaba de regreso a su casa, lo cual en sí le pareció al doctor Doria un pequeño milagro, porque estaba exhausto y porque el frío lo hacía caminar cabizbajo. La vio en la plaza, sentada justo en la placa de bronce que anunciaba que esa banca había sido donada al pueblo por la familia Morales. La compasión atravesó su cansancio lo suficiente para animarlo a acercarse y preguntarle ¿qué hace Aquí? ¿Necesita ayuda?

El hombre hablaba demasiado rápido para que Reja lo entendiera, pero comprendió la mirada de esos ojos y confió lo suficiente para seguirlo hasta su casa. Ya en el calor del interior, Reja se animó a descubrir un poco la cara del bebé. Estaba azul e inerte. No logró suprimir un gemido. El hombre, como doctor del pueblo, hizo cuanto pudo para revivirlo. De haber podido hablar pese a lo entumida que estaba por el frío, Reja le habría dicho pa´ qué le hace. Pero sólo era capaz de gemir y gemir más, asediada por la imagen de su hijo azul.

No supo cuándo la desvistió el doctor ni se detuvo a pensar que era ésa la primera vez que un hombre lo hacía sin echársela encima. Como muñeca de trapo se dejó tocar y revisar; sólo reaccionaba cuando el médico le rozaba los pechos calientes enormes, tiesos y dolorosos por la leche acumulada. Luego se dejó vestir con ropas más gruesas y limpias sin siquiera preguntarse a quién pertenecían.

Cuando el doctor la sacó a la calle, pensó que al menos ya no sentiría tanto frío una vez que la dejara de nuevo en la misma banca, y se sorprendió cuando pasaron de largo la plaza por un camino que los condujo hasta la puerta de la casa más imponente de todas.

Por dentro el inmueble era oscuro. Igual a como ella se sentía. Reja nunca había visto a gente tan blanca como la que la recibió, aunque algo tenía ella en la mirada que la ensombrecía: una tristeza. La sentaron en la cocina, donde mantuvo la mirada baja. No quería ver caras ni miradas. Quería estar a solas, de nuevo en su choza de palos y lodo, pese a que muriera de frío, sola con su tristeza, porque no soportaba la de otros.

Oyó el llanto de un recién nacido, primero con sus pezones de madre nueva y luego con los oídos. De esa manera reaccionaba su cuerpo cada vez que su crío lloraba de hambre, aunque no estuviera cerca para oírlo. Sin embargo, su bebé ya estaba azul, ¿no? ¿O acaso el médico lo habría salvado?

Los pechos le punzaban cada vez más. Necesitaba alivio. Necesitaba al bebé.

- Me manca mi niño -dijo quedo y nadie de los que se encontraban con ella en la cocina pareció oírla, así que se atrevió a repetir más alto-: Me manca mi niño.

-¿Qué está diciendo?

-Qué le manca su niño

-¿Qué es eso de que le marca?

-Qué le hace falta a su hijo - el doctor llegó con un bulto en brazos y se lo pasó-. Está muy débil. Quizá no pueda comer bien.

¿Es mi crío?

- No, pero igual la necesita.

- Se necesitaban mutuamente.

Se abrió la blusa, le ofreció el pecho y el niño dejó de llorar. En el alivio que sentía al vaciar sus senos poco a poco, Reja observó al bebé: no era su niño. Lo supo de inmediato, porqué los ruidos que producía al llorar, al mamar o al suspirar mientras lo hacía eran diferentes. También olía distinto. Para Reja el resultado era igual de atrayente.

Segundo fragmento página 89 

¿Cuántos días tienes de no comer Lázaro?

- No me recuerdo, doctor. Es que me recuerdo de los tres del cementerio, pero no me recuerdo cuántos pasaron desde que me enfermé. De seguro más de varios porque la ropa me queda toda grande, de tan flaco.

- Pues no puedes empezar a comer algo tan pesado después de tantos días. Empieza con pan tostado y té de manzanilla, pero despacio: pedazos y sorbos pequeños, poco a poco, para que el estómago vaya aceptando el alimento.

Miguel se alejó con el plato de cabrito, encargado de traer el té y el pan. Tocaban a la puerta con insistencia, que Miguel abrió de pasada a la cocina. Era el padre Emigdio. El doctor Cantú lo saludó con un gesto.

- Vengo de mandar telegrama al arzobispo para anunciar el milagro de nuestro Lázaro.

El doctor Cantú prefirió no aportar nada a esa línea de conversación. Sólo quería oír la historia de boca del supuesto resucitado.

- ¿Qué te pasó, Lázaro? Me dicen afuera que regresaste.

- Pues sí, doctor. La mera verdad estaba bien fastidiado y ya mejor me vine.

- ¿Cómo que te aburriste? -preguntó el padre Emigdio, un tanto indignado.

- Pos sí. Imagínese que lo único que pasaba era que veía llegar a más y más muertos y luego más y más. Y luego dije que qué gusto le iba a entrar a mi mamá de verme bueno, pero pos ya ve lo que pasó: como que no. Y ora yo estoy acá y ella allá.

¿Qué crees que le sucedió Lázaro? ¿Qué sucederá con Simonopio en la historia? Adquiere el libro y continúa la historia. No te la pierdas.

Por el día de hoy finalizamos, lo único que me queda recordarte es que si te gusto el programa te suscribas a él (si aún no lo has hecho), desde la plataforma donde estés escuchando: itunes, spotify, google podcast, tunein, ivoox, stitcher, iheart, entre otros.
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Glosario:

Amamantar: Alimentar a un mamífero con la leche de sus mamas.Dar el pecho para alimentar.

Inerte: Que carece de vida.

Loquios: En el área de la medicina, específicamente en la obstetricia, secreción vaginal que se presenta después del parto.

Mamila: tetero. Objeto con el que se alimenta a los bebés.

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Presentación y texto: Luddey Flórez
Edición: Raul Lima

Música de fondo

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